1. Capítulos 1 – 5

Título: Hitomaru
Autor: Jester_agr (Alejandro)


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INDICE

Leer el Prólogo

Capítulo 1 – Comienzo

Capítulo 2 – ¿Qué significa?

Capítulo 3 – El pasado que retorna

Capítulo 4 – Discusión

Capítulo 5 – Amigos para siempre

Capítulos 6 y siguientes

CAPÍTULO 1: COMIENZO

15 años después.

Un carro avanza hacia la villa de Aquirón mientras los distintos aldeanos continuan con sus tareas. Las casas, construidas de paja, madera y piedra, dan la apariencia de un muro blanco en mitad de un desierto de cereales. Y en cierto modo así era, un muro, ya que la villa fue contruida para frenar el avance enemigo durante las antiguas guerras.

Por fin, el carro alcanzó la villa y llegó hasta la plaza donde se encontraba el mercado. Una mujer y un adolescente bajaron del carro y en poco tiempo lo transformaron en un puesto más del mercado.

– Señora Mara, se la echaba en falta. Hoy a tardado bastante en venir.
– Es culpa de mi marido. Se le había olvidado arreglar el carro ayer, así que esta mañana…
– Lo supongo, sí. Por cierto, veo que ha renovado el repertorio de herramientas.
– Asi es. ¿Quiere alguno?

Mara y Huro eran herreros y se dedicaban a la venta en varios de los mercados de la región. Ella solía encargarse de las ventas con la ayuda de Hitomaru. Huro, por su parte, se encargaba de crear los utensilios y herramientas que vendían, a la vez que se encargaba del cuidado de la casa.

– ¡Hitomaruuu!
– Be… Bell

Bell era una amiga de Hitomaru, se conocían desde niños, pero últimamente Hitomaru la veía con ojos diferentes.

– ¿Te pasa algo?
– ¡NO! No me pasa nada
– Señora Mara, puede Hitomaru venir con nosotros
– Claro. Hoy no es un día de mucho trabajo así que no importa que me quede sola.
– Pues entonces me voy, Mara.

Mientras avanzaban hacia lo que conocían como el refugio de su pandilla, Bell le recriminó a Hitomaru como muchas otras veces.

– Deberías decirla “madre” o “mama”, ya sabes que no es de buena educación por aquí.
– Pero tú también sabes perfectamente que Mara no es mi verdadera madre.
– Lo se, lo se, tu madre murió cuando naciste, y ella y Huro se encargaron de tí desde entonces, pero ella es quien te ha criado, asi que en cierto modo es tu madre.
– Olvidemoslo, además, de donde venimos se suele llamar a la gente por su nombre aunque sean tu familia.
– Siempre dices lo mismo, pero sigues sin saber como se llama ese lugar del que vienes ni mucho menos donde está.

Hitomaru no pudo evitar sonreir para darla la razón, ya que era una lógica más fuerte la de Bell que la suya. Entre tantas palabras por fin llegaron al refugio del grupo de amigos, casi todos estaban allí. Estaba Roger, un muchacho de 16 años que fanfarroneaba de ser el más fuerte, su hermana Clara de 14, muy tímida y a la que todo el mundo distinguía por su cuidado cabello, tan blanco como las nubes y tan largo que la tapaba todo el cuello. A su lado se encontraba Satoshi, un chico de la misma edad que Hitomaru, Rose, de 16 y la mejor amiga de Bell, y Max, el más callado de todos y que cumpliría 15 en menos de un mes. Sin embargo, Hitomaru notaba la falta de otro miembro del grupo.

– ¿Dónde esta Kuso?
– No lo sabemos, pero seguramente esté otra vez corriendo de miedo por cualquier tontería. – Respondió Roger, ya que Kuso siempre tenía miedo de algo a pesar de ser más fuerte que Roger, la verdad es que Kuso era paranoico.
– Seguramente, pero incluso asi es demasiado tarde como para que no esté aquí.
– ¿Y tú? – una pregunta tan directa solo podía proceder de Max.
– El carro estaba roto y tubimos que arreglarlo por la mañana. Pero el caso de Kuso es diferente, el vive cerca de aquí, realmente creo que tiene que haberle ocurrido algo.
– Tranquilo, parece que ahi viene – dijo la observadora Rose -. Pero está más asustado que de costumbre. ¡KUSO!

Rose salió rápidamente hacia Kuso que había caido al suelo, y al poco la siguieron todos los demás.

– ¿Qué te ocurre gallinita? ¿Acaso es que has visto un ratón o es que has…?
– ¡Ya basta! – Rose le recriminó a Roger. Ella siempre le protegía a Kuso de las burlas del autoproclamado “lider” del grupo.
– Solo estoy diciendo la verdad.
– Lo que haces es burlarte de él.
– Piensa lo que quieras.
– Es…esta vez e…es algo muy terrible.
– Ohh. ¿De veras?
– ¡ROGER!
– Tran…tranquila – Kuso tomo aire y continuó hablando -. Esta vez es algo terrible de verdad. No, no puedo explicarlo, es mejor que vengais a verlo vosotros mismos.

Tras esto, Kuso salió corriendo y todos le siguieron. Al cabo de un rato llegaron a un descampado. Todo parecía normal, salvo por un detalle, en el centro del descampado se encontraba un pequeño yunque, y como si siempre hubiese estado allí, el musgo la cubría por todos lados.

– Lo veis, ya os decía que era una tontería, no es más que un viejo yunque.
– Pero hermano, aquí nunca ha habido nada.
– Cierto – afirmo Satoshi junto a una callada aprobación de Max.
– Pues la habrán traido, las cosas no aparecen de la nada, yo que sé – Roger se cabreó como siempre que descubría que perdía la razón.
– Pero esto no era lo que ví, bueno mejor dicho vi algo más, lo que me asustó de verdad.
– ¿Y que fue?

La cara de Kuso se giró hacia Rose y el resto del grupo.

– DEMONIOS

Todos se quedaron de piedra, los demonios no habían pisado esas tierras desde hacía años, pero Kuso nunca los confundiría con otras cosas, ya que mantenía en su memoria la última vez que aparecieron. En esa ocasión se fueron sin matar a nadie, pero quemaron varias casas entre las que se encontraba la de Kuso.

– ¿De…demonios?
– Sí, Clara, demonios. Había tres, dos eran pequeños y sus caras parecían lagartijas, pero el otro medía por lo menos dos metros y vestía ropa humana, pero sus ojos similares a los de una serpiente, parecía que fuesen a lanzar llamas en cualquier momento.
– Y porque nos avisas ahora, tendrías que haberlo dicho en el refugio, hay que avisar al pueblo.
– No me hubieses creido, Roger, ni tú ni nadie.
– Esto… – Roger se quedo con callado, a la vez que agachava la cabeza. El razonamiento de Kuso era totalmente correcto -. Pero… pero si eso fuese cierto, aquí tendría que haber alguna prueba ¿no crees Hitomaru? ¿Hitomaru?

Hitomaru no había seguido la conversación, él se encontraba parado frente al yunque. Roger se le acercó y quedó perplejo al ver que la cara de Hitomaru se había quedado blanca como si hubiese visto un fantasma.

– ¿Qué te pasa? – preguntó una sorprendida y asustada Bell

Hitomaru señaló un símbolo que había en el yunque. El símbolo era algo dificil de explicar, la parte superior eran como dos cuchillas o más bien dos alas que se juntaban en la parte inferior del símbolo donde formaban una especie luna con las puntas hacia abajo. Bell se quedó petrificada, ella ya había visto ese símbolo, al igual que los demás aunque no parecían recordarlo ahora. Hitomaru se levantó la manga derecha hasta casi llegar al hombro, allí se encontraba el mismo símbolo en una marca de nacimiento que no debería tener ningún significado.

CAPÍTULO 2: ¿QUÉ SIGNIFICA?

Todos miraron atónitos la marca del hombro de Hitomaru, no había ninguna duda, era exactamente igual a la que había en el yunque. Intentando averiguar si ambos signos estaban relacionados, comenzaron a mirar por el misterioso yunque y sus alrededores en busca de algo que les diese la solución.
Nada.
No encontraban nada que les aclarase las cosas, y nada que diese a entender que los demonios habían estado allí. Finalmente Roger decidió retomar su papel de líder que él mismo se otorgó, y convenció al resto de que la similitud entre ambos símbolos era simple coincidencia, tras lo que el grupo volvió a la villa. Sin embargo, Hitomaru seguía dudando y Kuso no podía quitarse su cara de terror, que se le quedó tras ver a los supuestos demonios.

Ya en Aquirón, el grupo avisó a los guardias de la villa, pero como ya dijo Kuso, nadie les tomó en serio, así pues llegó el mediodía. A esas horas todos volvían a sus casas para comer, y Hitomaru abandonó al grupo para ir con Mara. Ya en el carro y de vuelta a casa, Mara notó algo raro.
– ¿Te pasa algo, hijo? – le preguntó.
Hitomaru sobresaltado, respondió intentando ocultar su preocupación – A mi… no, nada… no me pasa nada.
– A ti te pasa algo – dijo Mara, insistiendo en obtener respuestas – ¿acaso es una chica? ¿es Bell?
Hitomaru se sonrojó – No… bueno… sí, pero no… no es eso… no exactamente…
Mara no sabía que decir, nunca había visto a Hitomaru de esa forma, pero estaba segura que la preocupación de este era solo cosa de la juventud, así que solo pudo sacar una gran sonrisa que puso a Hitomaru aún más sonrojado.

El carro siguió avanzando y pronto se vislumbraba la casa de Mara y Huro, una pequeña vivienda en la cima de una minúscula colina rodeada de un pinar, construida sobre las antiguas ruinas de un antiguo centro de mando que fue destruido durante la guerra, la casa mantenía unas pocas piedras de ese edificio en la base de su estructura, mientras que el resto estaba construido con paredes de madera. Al lado de la casa estaba otra estructura de la que constantemente salía humo, esa era la pequeña forja en donde realizaban los utensilios que luego vendían en el pueblo, una caseta de adobe con una gran chimenea.

Mara terminó de preparar la comida que ya había comenzado a preparar Huro, y la sirvió en la mesa.
– ¿Qué tal el día Hito? – así le gustaba llamarle a su hijo sabiendo lo poco que le gustaba eso, sin embargo, a Hitomaru no parecía importarle ahora, de forma que Huro se preocupó. – ¿Estás bien? Normalmente ya estarías gritándome “¡No vuelvas a decir Hito!”.
Hitomaru levantó la cabeza y miró a Huro y Mara, y les contó lo sucedido, y antes de llegar a lo del símbolo Huro le interrumpió. – Bueno, hijo, no hay nada de que preocuparse, la villa y esta región en general no tienen nada que interese a los demonios ni ningún país, así que seguramente Kuso se confundió, vio algo y le parecieron demonios, pero nada más.
– Eso pensábamos, pero el yunque tenía un símbolo…
– Eso no significa nada, muchos herreros dibujaban una marca en sus yunques y… – Hitomaru no le dejó terminar.
– El símbolo era igual al que tengo en el hombro. – Mara se asustó y cayó su plato, y Huro se quedó de piedra.
– Hijo… eso… eso no tiene nada que ver, es simple… coincidencia… eso es, una simple coincidencia, ¿verdad, cariño? – Huro y Mara intentaban tranquilizarse, pero su forma de actuar lo decía todo y Hitomaru que desconocía completamente su pasado y quienes eran sus verdaderos padres, estaba dispuesto a averiguar por qué actuaban así.

Hitomaru les pidió que le dijesen de donde venía el símbolo, y que si no lo hacían el mismo buscaría las respuestas aunque tuviese que irse de la región para descubrir su pasado.

Mara y Huro se asustaron, y comenzaron por contarle como nació.
Según contaban la historia, Hitomaru se sentía cada vez más afectado, su pueblo, su origen, ya nada quedaba de eso, todo había sido destruido durante la guerra. Sin embargo, esto no le hizo olvidar que su verdadero objetivo era descubrir el significado del símbolo de su hombro.
Huro continuó su historia – Tu padre se llamaba Kálzar, él llegó a Ubante durante el tiempo de paz, él era hijo de un importante, violento y poderoso señor, pero había abandonado su patria en busca de un lugar tranquilo donde vivir. Después de que tus padres se casasen y tu madre quedase embarazada, una carta del país de Kálzar le exigía volver para defender sus tierras. Lo último que supimos de él es que murió antes siquiera de llegar a su país. El símbolo que tienes también lo tenía tu padre, así que si hay alguien en el mundo que pueda explicarte todo sobre esa marca ese sería tu abuelo, pero él es un ser agresivo y temible, a la par que peligroso.
Hitomaru insistió en que no le importaba eso, y que si ellos no le daban una respuesta se iría en busca de ese violento personaje que resultaba ser su abuelo, y que era el único familiar directo que le quedaba. Justo cuando Huro se disponía a hacerle entrar en razón una sombra cruzó la estancia hacia ellos a una gran velocidad.

De forma casi instantánea Huro agarró a Mara y a Hitomaru, y los alejó de la mesa justo antes de que esta acabase convertida en astillas. Cuando el polvo del violento golpe se disipó, comenzó a verse una figura en el lugar que antes ocupaba la mesa. Una persona tapada hasta la cabeza dejando que solo se le viesen los ojos, había golpeado la mesa con una gran espada que blandía con ambas manos. Huro recogió rápidamente un gran cuchillo y se lanzó hacia el invasor. Hitomaru quiso decirle que se detuviese, que no tenía posibilidades, pero la cara de su padre adoptivo había cambiado totalmente, en donde antes estaba la cara de un amable herrero se encontraba una fría mirada que provocaría el miedo al más valiente guardia de la villa. El invasor alzó su enorme arma y la soltó hacia Huro, pero este la esquivó con una facilidad asombrosa, tras lo que con un certero golpe con el que desarmó al enemigo para después atraparle con una poderosa llave.

– ¿Quién te envía? – le preguntó, pero antes de que su oponente respondiese, Huro lo soltó justo antes de que otra misteriosa figura lanzase un ataque contra él.
– Nunca pensé que fueses tú – dijo el nuevo personaje -, Huro es un nombre poco común pero sigo sin creer que estés involucrado con nuestro objetivo.
– Y yo que pensaba que erais simples mercenarios, nunca imaginé que llegarían a contrataros, pero dime ¿cual es la misión? ¿y quién os paga?, Del-Krin.
– Como bien recordaras nosotros solo cumplimos con el objetivo y no sabemos quién lo encarga, solo el Consejo lo conoce. Pero nuestro objetivo es bien claro…
– Qué haces, Del-Krin – le avisa el primer enemigo -, se supone que es nuestro enemigo.
– ¿No lo sabes?, este hombre donde le ves fue un antiguo miembro de nuestra organización, uno de los más sanguinarios y peligrosos asesinos, Huro el Señor de las Armas.

¿Un asesino?, Hitomaru era incapaz de creer lo que oía, ¿su padre adoptivo fue un asesino?, eso tenía que ser del todo imposible. El hombre amable, trabajador, cariñoso y pacífico que era Huro, de ninguna manera podría ser un asesino sanguinario. Pero el nuevo aspecto de su padre, le decía lo contrario, le mostraba un personaje temible, rápido y habilidoso con las armas. Pero porqué…

¿Qué significa todo esto?

CAPÍTULO 3: EL PASADO QUE RETORNA

El Señor de las Armas, un apodo casi olvidado, pero que fue famoso años atrás. El Señor de las Armas era un temible asesino capaz de blandir cualquier arma por extraña o aparatosa que pudiese resultar. Al mismo tiempo el Señor de las Armas no necesitaba de herreros que le proporcionasen su material de batalla, sino que él mismo lo realizaba con una precisión y una calidad espectacular. Durante años, el conocido como Señor de las Armas formó parte de una de las organizaciones criminales más antiguas y famosas de la historia, la Sociedad de la Luna, un gran grupo de asesinos, ladrones y espías que bajo una estricta jerarquía cumplían distintas misiones al servicio del mejor postor.

Del-Krin le contó sobre el supuesto pasado de Huro a su compañero, ante el asombro de este, que era incapaz de creerlo.
– Un asesino de nuestra organización…
– No un asesino cualquiera, “Gigante”, sino uno de los mejores que ha tenido nuestra organización. Si lo hubieses querido podrías haber llegado a ocupar un puesto dentro del Consejo, Huro.
– Abandone la organización por ciertas razones, pero sigues sin responderme a la pregunta ¿cuál es tu objetivo? – preguntó furioso, Huro, esperando que la respuesta no fuese la que esperaba.
– Como he dicho, nuestro objetivo esta muy claro. Nuestra misión consiste únicamente en matar a ese chaval que está detrás tuyo.

– ¿Matarme? – Hitomaru no podía creerse lo que oía; la más temible organización criminal del mundo le tenía en su lista negra. ¿Qué había hecho para merecerse tal destino? En toda su vida nunca había salido de ese pueblo, en toda su vida solo había vivido como cualquier otro chico de su edad, en toda su vida no había nada que hubiese hecho para que nadie quisiese eliminarle; y con tan solo 15 años su vida podría haber llegado a su fin.

Huro no lo dudó por ningún instante, y demostrando el porqué de su antiguo nombre, agarró la espada de su primer rival y tras noquearle con un golpe seco en el estómago, se dirigió hacia Del-Krin. Una encarnizada lucha comenzó, hasta que Huro logró sacar a Del-Krin de la casa para continuar la pelea en el exterior. Fue en ese instante cuando Del-Krin dio un gritó – ¡¡”Lince” adelante!! – y un nuevo asesino surgió de entre los árboles para adentrarse en la casa, mientras Huro tenía que hacer frente a Del-Krin, sin poder auxiliar a su familia.

El nuevo individuo entró en la casa portando una especie de katana, y esperando un rápido desenlace atacó a Hitomaru sin prestar atención a lo que ocurría alrededor. En ese momento, Mara lanzó un plato a las piernas del asesino provocando que cayese al suelo, pero este se levantó rápidamente y con una gran furia se lanzó hacia Mara para devolverla el golpe, de esta forma volvió a caer en el mismo error, y en esta ocasión fue Hitomaru quién, con una vara de hierro detuvo la espada del tal “Lince”.

– ¡Maldita sea! – gritó furioso “Lince” – primero la mujer y ahora la presa… ¿Os creéis que vais a detenerme? ¡NO PERMITIRÉ QUE NADIE SE INTERPONGA EN MI CAMINO! – gritaba mientras se lanzaba contra Hitomaru, lleno de ira – ¡No importa que es lo que hagas! Ningún niñato como tú podrá detenerme, ningún criajo podrá evitar que consiga superar esta misión, nadie podrá detenerme ahora……

Con la fuerza lléndosele por la boca, “Lince” asestaba numerosos golpes que eran pararos por Hitomaru tan bien como le era posible. En esos momentos, Hitomaru agradecía que su padre le hubiese entrenado en el uso de algunas armas, pero también sentía rabia por no haber prestado suficiente atención durante esos entrenamientos. “Lince” era claramente un rival duro, pero tan descontrolado por la ira que pasaba a ser un rival sumamente sencillo para cualquier guerrero, pero Hitomaru no es un guerrero, así que lo que fuese fácil para unos a él le resultaba difícil de detener, pero sin llegar a ser una presa sencilla a la que matar.

Mara intentó ayudar a Hitomaru, pero “Lince” aprovechó para golpearla de tal forma que la dejó fuera de combate, pero sacrificando un poco de su ventaja sobre Hitomaru, aunque no tanta como este desearía. Rápidamente “Lince” recuperó su ventaja y finalmente lazó un duro golpe contra su víctima.

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Huro y Del-Krin continuaban su dura lucha en el exterior. Huro seguía enormemente preocupado, pero mantenía la esperanza de que Hitomaru recordase sus entrenamientos, y parecía que el ruido de golpes le permitía seguir creyendo que así era. Al mismo tiempo, y por el contrario que Huro, Del-Krin que había comenzado la batalla pensando en la rápida victoria de su subordinado comenzó a preocuparse. Conocía mejor que nadie las habilidades de la persona que se ocultaba bajo el nombre en clave de “Lince” y sabía que si se dejaba llevar por la ira podría convertir una victoria fácil en una rápida derrota.
Del-Krin no podía permitirse ningún fallo en la misión, pero a pesar de que Huro hubiese estado retirado durante años, seguía siendo un durísimo rival que no le dejaba avanzar. Años atrás Huro hubiese ganado con gran facilidad, pero su cambio de vida le había vuelto más débil mientras que Del-Krin había aumentado sus habilidades y su fuerza, así pues ambos estaban igualados ahora, y un simple golpe podría decantar la victoria a uno u otro lado.

Golpe tras golpe el combate de los cuatro seguía avanzando mientras el tiempo pasaba. A medida que pasaban los minutos, Huro ganaba confianza sobre su hijo y Del-Krin aumentaba su preocupación, así pues la terrible lucha comenzaba a decantarse hacía un lado en particular. Huro golpeó la mano de su rival, provocando que perdiese su arma, y en ese momento y dejándose llevar su antiguo yo, aprovechó para acabar con él.

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Hitomaru había detenido la espada de “Lince” con gran dificultad, pero detenida al fin y al cabo. Sin embargo, ya nada podía hacer salvo intentar frenar el ataque, pues la katana de “Lince” y la vara de Hitomaru permanecían la una sobre la otra oprimiéndola a cada segundo que pasaba en un decidido ataque para ganar a cualquier precio.
“Lince” demostraba ahora que tenía más fuerza y conseguía ganar poco a poco terreno sobre su presa. Las manos de Hitomaru comenzaban a temblar ligeramente, a causa de la presión, provocando una cara de alegría en su oponente.

El tiempo pasaba y cada vez era más obvia la victoria de “Lince”, poco a poco, milímetro a milímetro, ganaba terreno con su katana y Hitomaru comenzaba a desesperarse, veía su muerte más cercana que nunca, hasta el punto de que sus brazos cedieron finalmente y perdió toda esperanza de sobrevivir.

Un golpe seco y definitivo, pero nada era como cabría esperar, pues la katana de “Lince” había sido detenida por una tercera figura.

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La muerte hubiese sido decisiva de no ser por un pequeño detalle, Del-Krin había recurrido a una pequeña navaja que siempre llevaba para clavarla en el brazo derecho de Huro en el último momento, obligándole a soltar su arma y salvando la vida.

Ahora ambos estaban heridos, uno no podía andar con facilidad mientras que el otro no podía usar su brazo derecho, lo que le impedía usar un arma tan grande como la que había obtenido del ahora inconsciente “Gigante”.
Del-Krin se lanzó como malamente pudo contra Huro e intentó acuchillarle, pero su ataque fue detenido para alegría de Huro.

Una enorme silueta de unos dos metros de alto era la causante, Del-Krin que le miraba con rabia, cambió rápidamente su cara hasta llegar a la preocupación. La cara que observaba no era tan humana como cabría esperar y sus terribles ojos de serpiente no hacían más que complicar el razonamiento. Un demonio.
Un demonio, el mayor problema que podría surgir en una misión ahora estaba frente a él.

De pronto, un terrible grito de terror salió de la casa, era “Lince” el causante, pues otro demonio un poco más pequeño que el primero había detenido su ataque. Era la primera vez que veía una criatura así, con la cara de una lagartija, el nuevo demonio parecía no preocuparse demasiado por el asesino.

Del-Krin estaba entre la espada y la pared, o más bien solo entre dos espadas, las posibilidades de escapatoria eran prácticamente nulas. Un demonio ya era complicado de por sí, dos complicaban mucho las cosas, y si además estaba herido frente a uno de los más peligrosos asesinos de la historia, la situación resultaba ser de lo peorcito. Pero como bien se dice, la esperanza es lo último que se pierde, y finalmente una pequeña brecha parecía abrirse entre tantos peligros, el inconsciente “Gigante” se estaba despertando del golpe, en ese momento Del-Krin le gritó ¡Retirada!, y como si nunca hubiese estado inconsciente, “Gigante” se levantó con gran rapidez, agarró a “Lince” y salió a gran velocidad hacia Del-Krin, y tras recogerle con su otro brazo pegó un gran salto y se adentró en el bosque.

“Lince” volvía a estar lleno de ira, su presa había sobrevivido, su primera misión como asesino y había fracasado, no le importaba que fuesen demonios, su derrota solo hacía que aumentar su ira y solo podría calmarse cuando lograse vencer a Hitomaru, al que desde entonces se puso como objetivo.
Del-Krin era consciente de la derrota, pero estaba justificada, la aparición de demonios no venía en el contrato. De haberlo sabido se hubiese encomendado la misión a un grupo más especializado e incluso puede que hubiese sido rechazada, ya que el grande no parecía un simple demonio de tercera, sino más bien un alto demonio de gran poder, algo seguramente fuera del alcance de muchos guerreros humanos.

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Un tercer demonio apareció. Kuso tenía razón, los demonios habían llegado a la villa, ¿pero con qué intenciones?

Generalmente se les tomaría como algo malo y peligroso, pero les habían salvado, y Huro parecía tranquilo al verles.

– Cuanto tiempo, Huro. – dijo el ojos de serpiente.
– Lo mismo digo, Shissuss – le respondió Huro -. Realmente pensaba que este momento nunca llegaría, y aunque sepa porqué venís, me alegro de que halláis llegado en este momento, pero te hubiese agradecido que llegases antes.

Tras tranquilizar a Hitomaru, Huro le explico la situación. Shissuss y los otros dos demonios eran dos antiguos representantes del protector de las tierras de Ubante, y les conocía desde niño, pues pese a haber sido un asesino durante varios años, Huro era natural de Ubante al igual que Mara, y siempre se mantuvo fiel al protector de su tierra natal.
Hitomaru, furioso les exigió una explicación, si esos demonios eran siervos del protector de Ubante, porqué dejaron de proteger la villa cuando más lo necesitó, porqué permitieron su destrucción.

Huro se entristeció, y le contó el resto. Poco antes de que la guerra llegase a Ubante, el abuelo de Hitomaru les envió una carta dos semanas antes de que este naciese. La madre natural de Hitomaru debía dejarlo bajo el cuidado del más fuerte de la villa, que en esos momentos era Huro, y después deberían abandonar las tierras hacia cualquier lugar pacífico y sin recursos ni lugares de interés para las distintas naciones, de tal forma que evitasen los lugares que podrían verse afectados por las guerras. A su vez, la carta insistía en que los representantes del guardián de Ubante regresasen con su señor para defender sus propias tierras que se encontraban al borde de la destrucción.

Hitomaru seguía sin entenderlo todo, vale que los guardianes volviesen para proteger sus propias tierras, pero ¿quién era su abuelo para tomar esa decisión?

La respuesta de Huro fue decisiva. El guardián de Ubante, el señor de esos demonios, era su abuelo.

CAPÍTULO 4: DISCUSIÓN

La sorpresa de Hitomaru fue de esperar, su abuelo, ese hombre que según Huro era violento, agresivo y poderoso, también fue el protector de las desafortunadas tierras de Ubante. A los ojos de Hitomaru, había algo que no encajaba.

Les preguntó a sus padres sobre porqué decían que ver a su abuelo podría resultar peligroso. La respuesta no se hizo esperar pero no fueron sus padres, sino Shissuss, quién la pronunció.
– Tu abuelo, mi señor, al ser un importante líder tiene gran número de enemigos, por eso el viaje hasta él puede resultar peligroso.
– Solo estar aquí parece que ya es peligroso para mi – se quejó -. Por si no lo recuerdas, han intentado matarme, demonio.
La serpentina mirada de Shissuss se volvió terrible, la forma en que Hitomaru había dicho “demonio” le resultó sumamente molesta, sin embargo recuperó pronto la compostura y siguió con su explicación.
– Esos que venían a matarte seguramente hayan sido contratados por alguno de los enemigos de mi señor. Desafortunadamente no podemos saber quién les envió, pero el solo hecho de que te atacasen a ti en particular seguramente le dé alguna idea a mi señor.
– Mi señor esto, mi señor aquello… ¿Por qué no dices su nombre de una vez?
– Lo tenemos prohibido.
Esta respuesta dejó perplejo a Hitomaru. ¿Prohibido? Según Shissuss no podían decir su nombre a Hitomaru, hasta que él mismo no llegase hasta donde residía su abuelo.

Huro y Mara se sobresaltaron, justo había llegado el momento que menos deseaban que llegase. Estaba claro que Shissuss y sus compañeros no habían pasado por ahí de casualidad, había sido el abuelo de Hitomaru quién les enviaba para llevarse a su hijo con ellos. Huro, furioso comenzó a gritar – ¡No permitiré que ese viejo bastardo, incapaz de defender la aldea que tanto le sirvió, se lleve a mi hijo!
Shissuss se giró hacia él – ¿Viejo bastardo? Parece que has perdido los modales hacia tu legítimo señor.
Huro, incapaz de contenerse, golpeó la pared con tal fuerza que las ventanas temblaron, mientras seguía gritándole – ¿Legítimo señor? Yo juré lealtad a un protector, a un ser que daría todo por defender las tierras que le servían, pero perdió mi respeto cuando abandonó Ubante a su suerte. Nuestros familiares y amigos, todos murieron pasto de la guerra, a causa del abandono que nos “regaló” tu señor.
Shissuss, como demonio sería incapaz de sentir nada por la muerte y destrucción de un grupo de humanos, pero Ubante era algo diferente, ellos protegieron la villa durante siglos, sus habitantes les daban cobijo y carne de sus mejores cabezas de ganado para alimentarles, así que de alguna forma les cogieron un poco de afecto, el suficiente para que no les pasase desapercibida su perdida, pero menos del necesario para sentir verdadera pena por sus muertes. Así pues, Shissuss comprendía que un humano como Huro se sintiese así, y dejó de atacarle con sus palabras.

Sin embargo, su misión era clara, debían guiar a Hitomaru hasta su señor, y el último ataque no hacía sino acelerar las cosas. Sus enemigos ya conocían el paradero y la identidad del nieto de su señor, y no pararían hasta acabar con él.

Finalmente Hitomaru decidió intervenir, y para desamparo de sus padres adoptivos, decidió ir a ver a su abuelo, para obtener las tan ansiadas respuestas. Huro y Mara nada pudieron hacer ya, sabían que ni siquiera allí estaba a salvo y que si lograba llegar donde su abuelo, al menos podría obtener alguna oportunidad.
De esta forma el día iba terminando; Hitomaru ya había preparado sus cosas para el viaje y cuando se despidiese de sus amigos, dejaría la villa para irse en busca de respuestas.

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La noche no fue tan tranquila como cabría esperar, Hitomaru tenía una pesadilla, algo que no le sucedía desde hacía años, pero ahora además era más extraño. En la pesadilla aparecía una gran serpiente que le atacaba, justo tras devorarle el vientre de la misma se convertía en un brillante manto de estrellas y unas extrañas figuras voladoras como si de pájaros se tratasen se atacaban entre sí en una dura batalla donde todos terminaban por caer muertos, finalmente junto con ellos Hitomaru también caía hacia el vació, hasta que la caída era frenada por la enorme boca de una gigantesca criatura, de aspecto más terrible que el de los mismísimos demonios. En ese instante todo terminaba, el sudor frío provocado por la pesadilla le había despertado, y sin poder olvidarla, tardó varias horas en volver a dormir.

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El sol surgía como cada mañana e iluminaba ligeramente la casa. Huro se despedía de Hitomaru, no sin antes darle una pequeña espada y un escudo para que pudiese defenderse en caso de peligro. Mara cargaba todo para la venta en el pueblo, además del equipaje de su hijo, y al poco partieron madre e hijo hacia Aquirón, donde Shissuss les esperaba y donde Hitomaru diría adiós a sus amigos.

CAPÍTULO 5: AMIGOS PARA SIEMPRE

Antes incluso de que los rayos de sol comenzaran a iluminar los campos de cereal, Aquirón ya estaba despierta.
Bell ya hacía rato que se había levantado y estaba ayudando a su madre con las tareas, su padre había muerto hacía cosa de dos años a causa de una rara enfermedad y desde aquella tragedia ambas se encargaban de las tareas del hogar y los trabajos del campo. Sin embargo, esta mañana Bell no estaba tan concentrada en las tareas como de costumbre, la preocupaba que Hitomaru no hubiese aparecido en toda la tarde de ayer, cuando normalmente él cogía uno de los caballos jóvenes y bajaba hasta la villa. Desafortunadamente lo único que podía hacer era esperar.

Al cabo de un par de horas, el carro de Mara apareció por el horizonte. Bell, al verlo se tranquilizó, pero sentía la enorme necesidad de preguntarle a su amigo, qué era lo que le había pasado para no aparecer en toda la tarde del día anterior, por lo que tras despedirse de su madre corrió a su encuentro.
Al llegar hasta donde paraba el carro, Bell descubrió que no era la única que había estado preocupada, ya que todos los amigos estaban también allí. Bell se acercó e intentó hacerse escuchar, pero entre el resto del grupo y los clientes de Mara, resultaba muy complicado lograrlo, parecía que todos estuviesen más alterados que de costumbre. Entonces lo vio, parece que nadie se había fijado pero Hitomaru tenía una mochila justo detrás de su asiento del carro; Bell no podía creérselo, pero no había otra explicación, Hitomaru se marchaba quién sabe por cuanto tiempo. No pudo esperar más – ¿A donde te vas?
Realmente ninguno había visto la mochila, o al menos no habían llegado a su misma conclusión porque todos ellos se quedaron perplejos mirándola, salvo Hitomaru que solo pudo agachar la cabeza esquivando su mirada como podía. Todos volvieron la mirada a Hitomaru y este se explicó.

– No sabia como comenzar, la verdad…
– ¿Es que es verdad? – preguntó Satoshi

Hitomaru asintió la cabeza sin poder soltar palabra, ante lo que Roger no pudo contenerse – ¡Ni hablar! ¡¿Como demonios se te ocurre decir que vas a irte?! ¿Donde vas? ¿Con quién? ¿Para qué? ¿Por….?
– ¡Basta ya Roger! – le recriminaron Bell y Clara.
– No puedo daros muchas explicaciones, lo único que puedo decir es que voy muy lejos de aquí, ni siquiera tengo claro donde exactamente… – se rió – pero la razón es a causa de mi abuelo, Mara y Huro me han contado algunas cosas sobre mi pasado y creo que el resto de la historia tendrá que contármela mi abuelo. Lo único que puedo aseguraros es que volveré tan pronto como me sea posible, porque al fin y al cabo somos amigos…

Todos se quedaron sorprendidos y sin saber que decir; y fue Max, el más callado de todos, el que sorprendentemente tomó la iniciativa.
– Por supuesto, siempre hemos sido amigos y siempre lo seremos.
– Por cierto ¿cuando te vas?
– Ahora mismo. Había venido para despedirme de vosotros, siento no tener más tiempo, pero los que me van a llevar hasta mi abuelo tienen que partir ya mismo.
– ¿Quienes son? – preguntaron todos al unísono, sorprendidos por tanta compenetración espontánea
– Unos de… – se paró, no podía decir “demonios” porque sería demasiado problemático – unos trabajadores de mi abuelo… eso trabajadores
– No se que querrías decir, pero realmente se te da fatal mentir – se rió Bell, provocando que al final todos acabasen riendo juntos dándole una agradable despedida a su compañero.

Tras despedirse de todos, Hitomaru cogió su mochila y se marchó al lugar de encuentro con Shissuss, el descampado en donde había aparecido el misterioso yunque. Pensando que nadie le seguía, Hitomaru llegó a su destino, allí le esperaban los tres demonios. Shissuss sin embargo si que notaba la presencia de un perseguidor, y en un instante se colocó detrás del intruso que saltó de terror desde los arbustos. Era Kuso.
Hitomaru no podía estar más sorprendido y preocupado, Kuso ya había visto a los demonios antes, y ahora les veía con su amigo, si se lo contaba a alguien es posible que nunca más le volviesen a dirigir la palabra en la villa e incluso puede que sus padres adoptivos se viesen marginados por ello. Tenía que idear un plan, pero ninguno parecía efectivo, así que sin más ocurrencias y con los nervios de la situación decidió que lo mejor y más sencillo sería contarle todo lo que le pasó el día anterior.

Kuso escuchó toda la historia como malamente pudo, pues el pánico que le provocaban los tres demonios le estaba consumiendo. – ¿Es todo eso verdad?
– Te lo juro. Todo lo que he dicho es verdad, y dudo mucho que estos demonios tuviesen algo que ver con el antiguo ataque a la villa, o al menos eso espero…
– No… no se si podré creerlo del todo… pero has sido mi amigo desde siempre… creo que… creo que podré confiar en tu palabra.
– Lo más importante es que no le cuentes nada de esto a nadie, ¿de acuerdo? Si lo hicieses seguro que tendría problemas cuando vuelva, y mis padres adoptivos también podrían tenerlos.
– De… de acuerdo, lo guardaré en secreto.
– ¿Amigos para siempre?
– Amigos para siempre

Kuso volvió a la villa, y Hitomaru se disponía a marchar, pero sus tres guías no avanzaban, al parecer todavía tenían algo que hacer allí.

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